Qué son los daños consecuenciales y cómo los cubre un seguro de empresa

Un incendio, una inundación o un fallo eléctrico -e incluso otros sucesos menos habituales como caídas de rayos- pueden provocar auténticos estragos en una empresa, en todos los aspectos posibles: económicos, materiales, personales y hasta psicológicos. Muchos de ellos se sufren y constatan de manera directa, pero por desgracia ahí no acaba todo. El futuro pasa por una costosa y larga tarea de recomposición y reestructuración (de meses e incluso de años) hasta que la compañía vuelve a ser operativa, retorna a su dinámica habitual. Esa terrible sensación de empezar prácticamente de cero.

Por poner un ejemplo, controlar y apagar un incendio es únicamente la punta del iceberg, el principio de un largo camino de reconstrucción para una firma. Los gastos derivados de la extinción del fuego, la imposibilidad temporal para realizar la actividad profesional a la que se dedique el negocio y el daño económico derivado de esa realidad, la situación de inhabitabilidad del lugar de trabajo…  Los perjuicios sufridos por el empresario, más allá de los más volubles e inmediatos, son numerosos y difíciles de reponer.

El panorama es complejo y difícil, pero en la mayoría de las situaciones existe una solución. Y contar con un seguro completo de empresa, que cubra de una manera adecuada los daños consecuenciales, es un gran apoyo de cara a comenzar la Operación Ave Fénix.

¿Qué cuáles son los daños consecuenciales? Ya hemos citado algunos de ellos hace unas cuantas líneas. A grandes rasgos son aquellos perjuicios derivados de un daño personal o material que son consecuencia indirecta de un siniestro. En el ejemplo que nos ocupa el daño directo sería el causado por el fuego al continente y contenido de una oficina; y el consecuencial el provocado por los servicios de extinción al sofocar el incendio. Una puerta o una pared rota para habilitar la salida de la gente al exterior, material informático y electrónico estropeado a causa del agua… El daño indirecto, aunque necesario en aras de un bien mayor, puede resultar importante, y el perjuicio económico para el empresario muy elevado.

Para minimizar ese mal y ayudar a la compañía a resurgir de sus cenizas están, dentro de los seguros de empresa, las garantías de daños consecuenciales. Veamos entonces cuáles son las coberturas más habituales en una póliza del ramo.

Principales garantías

Dentro de las garantías que puede ofrecernos un seguro de empresa respecto a los daños indirectos están las que cubren las tareas de demolición, salvamento y otros gastos derivados de un siniestro. Cubren un porcentaje de los capitales contratados, tanto para el continente como para el contenido, siempre que los gastos sean consecuencia de un suceso cubierto por la póliza.

Así, la aseguradora ayudaría económicamente al tomador a hacerse cargo, por ejemplo, del pago al servicio de bomberos que haya intervenido; gastos de vigilancia en caso de robo, obtención de permisos y licencias, de las labores de desembarre y de extracción de lodos; o de las tareas de demolición, desescombro y retirada de restos del local u oficina. También cubriría el salvamento de los bienes que se hubieran asegurado, con el fin de evitar que resultasen dañados, y se haría cargo de las acciones adoptadas, tanto por los servicios públicos de emergencia como por el tomador de la póliza, para combatir o minimizar los daños de la catástrofe. Podría incluso hacerse cargo del gasto de rellenado de extintores, en caso de que estos se hubieran utilizado.

Eso en cuanto al continente. En lo que se refiere al contenido, la garantía de daños consecuenciales ofrecería apoyo económico para la reconstrucción y/o recuperación de documentos, planos, ficheros y archivos informáticos, siempre que estos se refieran a la actividad profesional de la empresa afectada. También, hasta un límite determinado, lo habitual es que se incluyan en la póliza los gastos de reposición de planos y ficheros, programas -sistemas operativos, paquetes ofimáticos….- necesarios para desarrollar el negocio. No se ofrecería, como es lógico, ese respaldo económico en caso de programas de informática no originales o piratas ni se cubrirían (pues para eso existen seguros específicos) los daños ocasionados por virus informáticos.

El otro gran subgrupo de garantías dentro de los daños consecuenciales es el que se refiere a la inhabitabilidad temporal, que puede ser de una gran ayuda en caso de que nuestro local de negocio haya quedado tras el suceso en unas condiciones tan malas que no se pueda reanudar allí la actividad profesional. En ese supuesto el seguro podría hacerse cargo del coste del alquiler de un local de similares características al siniestrado, incluyendo los gastos de traslado. Esta prestación se realizaría -siempre con un límite máximo de tiempo- hasta que el espacio original volviera a tener las condiciones mínimas de habitabilidad y fuera apto para la reanudación del trabajo en él.

Imaginemos ahora que tenemos un local en propiedad que hemos alquilado a otra persona para que monte allí su propio negocio y éste se ve afectado por un incendio. En este caso el seguro podría seguir garantizándonos durante un periodo de tiempo los ingresos por alquiler perdidos a consecuencia de la inhabitabilidad. La póliza también podría incluir, dependiendo de las condiciones particulares de cada contrato, la cobertura del contenido, y no sólo del continente.