Criterios para la valoración del riesgo en los seguros de coche

Tanto hablar sobre seguros, coberturas básicas y complementarias, modalidades, exclusiones, pólizas a terceros, a todo riesgo y primas, tomadores, contratantes, beneficiarios, aseguradoras y decenas de términos más… y a menudo descuidamos la llave maestra, la piedra filosofal, el Código de Hammurabi. La clave que explica tantas cosas, desde la decisión de una persona de suscribir un seguro, o unas coberturas concretas, hasta el precio que una aseguradora dictamina para ofrecerle una determinada cobertura, pasando por la posibilidad de que el cliente obtenga o no el visto bueno de una compañía de seguros para aceptar un vehículo.

Hablamos de un concepto fundamental, que las aseguradoras valoran y estudian, por una parte en función de las características y el historial siniestral de cada cliente y por la otra analizando las estadísticas sobre el número de situaciones concretas en la que sucede un determinado hecho.

Pero vamos a dejar el misterio para las novelas de Stephen King y a despejar la X de la ecuación. El concepto crucial al que nos referimos es la valoración del riesgo que realizan las aseguradoras, que podemos definir como el proceso mediante el cual se establece la probabilidad de que ocurran daños personales o materiales y la cuantificación de estos.

Este término es todavía más importante cuando hablamos de los seguros de coche, no olvidemos que todo vehículo está obligado por ley a suscribir un seguro que cubra los daños causados a un tercero. Veamos de qué manera se determina la valoración del riesgo.

Dos factores clave

Dos factores clave, se consideran fundamentalmente a la hora de realizar una valoración del riesgo. Vamos con ellos.

El primero es la valoración del vehículo que corresponde con el precio de venta al público que tenga éste según el fabricante. Esta cantidad incluiría la suma de varios conceptos más como los de impuestos, transporte y matriculación y -si fuera el caso- también debería añadir el valor de los accesorios, no de serie,  que se hubieran incorporado al vehículo, como por ejemplo cambio automático, bola de enganche para remolque, techo solar etc.

El tomador tiene la obligación, por lo tanto, de informar a su compañía de seguros acerca de los accesorios que haya decidido incorporar, indicando además su valor económico.

El segundo es la persona que conste como conductor declarado en la póliza. Como primer conductor constará, como es lógico, la persona que más tiempo utilice el vehículo; pero también deberá notificarse a la aseguradora el nombre del más joven/inexperto de los posibles conductores del auto, por entenderse que es el que puede presentar un mayor riesgo. Una típica y tópica situación que nos puede servir de ejemplo es la del padre que deja de vez en cuando su coche a su hijo veinteañero. El progenitor constaría como el principal en el contrato de seguro, y su retoño como el secundario.

El tomador del seguro tendrá además, sea cual sea la aseguradora con la que haya suscrito la póliza, la obligación de notificar cualquier variación con respecto a los nombres del primero y el segundo conductor, pues resulta una información relevante para la compañía de seguros.

Otro aspecto relevante es la agravación del riesgo, una situación que la aseguradora también suele solicitar que se le comunique. Por ello, el cliente debe informarle acerca de las circunstancias que puedan incrementar el riesgo, pudiendo ello ser por múltiples motivos: un cambio de uso, de domicilio.

Con las nuevas reglas del juego, la aseguradora habitualmente tiene en su mano la decisión de mantener el contrato con su cliente y en qué condiciones, mientras que este último también debe poseer herramientas para poder rescindir el contrato en caso de que la nueva situación no le satisfaga. Así ambas partes tienen mucho que decir en la decisión de continuar vinculadas frente al nuevo escenario.

Por último, resulta esencial comunicar la transmisión del vehículo asegurado a otro propietario, independientemente de que esta se realice con contrato de seguro o sin él. Como siempre, una buena comunicación entre las dos partes implicadas, basada en la confianza y en la transparencia, supone la mejor manera de que todo el mundo salga satisfecho del acuerdo y de sus posibles modificaciones.